Año nuevo, ¿vida nueva?

Edward Johnn Silva Giraldo*

Psicólogo – Colaborador

 

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Son varios los rituales que se realizan el 31 de diciembre para iniciar un nuevo año con el pie derecho y múltiples las promesas de cambio que se hacen por medio de expresiones como “este año sí”. Pero, como dice el adagio popular, “del dicho al hecho hay mucho trecho”. Las buenas intenciones merecen convertirse en actuaciones, con reflexión. Anhelar sin acción o continuar haciendo lo que no funciona solo nutre el círculo vicioso de la queja.

Por ejemplo, en enero, algunas personas entusiastas manifiestan su deseo de llevar a cabo una gran cantidad de actividades. Sin embargo, si estos deseos no están alineados con una dirección puntual, ni con un compromiso claro y duradero, resultarán alimentando la frustración. Por otra parte, también están quienes, con poco ánimo, predicen sin asombro o sorpresa lo que pasará en los próximos meses.

Estos dos extremos descritos dan cuenta del optimismo ingenuo y el pesimismo radical, que circulan entre la ilusión y la desesperanza. Al respecto, la psicologa Françoise Kourilsky dice que es importante tener la intención de querer cambiar, asumir el compromiso de preferir cambiar y desarrollar la capacidad de saber cambiar.

En este sentido, hay algunos puntos clave que hacen referencia al concepto de cambio, entre los que vale la pena destacar las ideas centrales de Paul Watzlawick, uno de los principales exponentes de la teoría de la comunicación humana.

  • El cambio implica un proceso de aprendizaje: hacer algo nuevo, que vaya más allá de las modas, implica revisar las premisas que dirigen el aprendizaje para no caer en automatismos adquiridos que, en ocasiones, nos conducen a lugares en los que no deseamos estar.

  • Pensando de forma diferente se actúa de forma diferente: hay soluciones que hacen perdurar los problemas, especialmente cuando la rigidez del pensamiento y el comportamiento convierte los caminos en laberintos sin salida. Pequeños cambios en las ideas pueden generar otros modos de pensar y de actuar, a partir de los cuales se generen posibilidades no contempladas anteriormente.

 

  • Esperar más cambios de uno mismo que de los demás: la tendencia a esperar demasiado de los demás y poco de uno mismo aumenta la culpabilidad y disminuye la responsabilidad. Es primordial que nosotros cambiemos primero, para no estancarnos en el pedir que el otro cambie.

 

  • Convertir el deseo de cambio en objetivos operativos: Plantear objetivos en términos irreales y negativos es como acelerar sin avanzar. “Esforzándonos por alcanzar lo inaccesible hacemos imposible lo que sería realizable”, Paul Watzlawick. Es mejor formular objetivos de manera positiva y realista para poder alcanzarlos.

En síntesis, este escrito es una invitación para decidir convertirnos en el motor de cambio de nosotros mismos y trascender, así mismo, hacia la construcción de mejores relaciones familiares, escolares, laborales y comunitarias.

edwardjohnnsilva@hotmail.com*