Un sueño llamado mundial de fútbol, venciendo la leucemia Por: Alejandro Guevara.

Transcurría 2014, año de mundial en el que después de 16 años la Selección de Fútbol de Colombia regresaba a un campeonato mundial de fútbol, y yo futbolero por naturaleza soñaba con ir a uno para realizar mi sueño. Al tenerlo relativamente tan cerca me preguntaba: ¿Será que no voy a ser capaz de ir? Brasil esta acá al lado, ¿me quedará grande? Puede ser mi última oportunidad… ¡Tengo que lograrlo, tengo que hacerlo!

Así que me mentalicé, al ser una persona de bajos recursos, yo, un vendedor ambulante, con esposa, tres hijos, innumerables obligaciones y cuentas por pagar, la vaina no era tan fácil; así que inicié por dar el primer paso, tal vez el más importante de todos: lograr el visto bueno de ´la negra´ mi esposa. Iba a ser casi un mes fuera de casa: doble trabajo, doble responsabilidad para ella tanto en nuestro puesto de trabajo como en nuestra casa.

Y listo, logrado el visto bueno de ella, juntos iniciamos los preparativos; muchas horas navegando por internet buscando tiquetes de avión asequibles, extender el tiempo de trabajo en mi puesto y vender láminas del mundial. ¿Qué más para poder ahorrar que vender las láminas del propio mundial? Conseguir camisetas y banderas para llevar a vender allá. Rifas, alcancía y cuanto ingreso adicional pudiera conseguir, todo tras un solo objetivo: presenciar mi selección en el mundial de fútbol.

Vino la despedida de mi familia, lágrima va lágrima viene. Ya todo listo, llegó el momento menos pensado: resulté montado en un avión rumbo a São Paulo, con escala en Lima. Inmensa alegría pero también mucha incertidumbre. Iba sin boletas y con pocos dólares. Estuve en São Paulo aunque afuera del estadio el día de la inauguración, en un país 100% futbolero donde se respira solo fútbol y solo rumba.

Y llego el 14 de junio, jugaba Colombia en Belo Horizonte, tome bus durante toda la noche desde São Paulo y llegamos en la madrugada, y ahí en plena rodoviária (terminal) de Rio de Janeiro, boté camisetas y banderas al piso e inicié mi venta ambulante, vendí la mayoría y partí directo al Estadio Mineirão en busca de una boleta que me permitiera entrar a ver a Colombia. Conseguí mi boleta, se la compré a un brasilero por 100 reales, y salí corriendo como un loco para ver la salida de Colombia y cantar el himno nacional, tal vez el himno más salido del alma no solamente mía, si no de cerca de 50.000 colombianos que lo cantábamos con todo el corazón. Grité como un loco los tres goles de Colombia, y sí, caí ante los encantos de Brahma, la cerveza brasilera.

Transcurrieron 15 días más en Brasil y no asistí a más partidos de Colombia porque la distancia era un poco considerable, y tampoco me alcanzaban los reales para seguirla. Llegué a Rio de Janeiro esperando conseguir una boleta para ver a mi selección jugar contra Uruguay, pero los altos costos del boleto no me lo permitieron, entonces me dejé atrapar por Rio y sus playas vendiendo cerveza y llaveros de la copa, esperé con paciencia mi vuelo de regreso a Colombia. Pero algo no andaba bien me sentía muy agotado, con un cansancio considerable, sudaba mucho, me sentía muy débil, no podía comer y tenía mucha sudoración nocturna.

Al regresar llegar a Colombia tuve malas noticias médicas, justo el día de la final del mundial, supe que todos aquellos síntomas y malestares eran producto de una leucemia. Mi vida daba así un giro de 90 grados: diez días atrás yo en las playas de Rio dichoso de la vida y ahora, diez días después

me encontraba acostado en una camilla de hospital, con la incertidumbre de un cáncer que no sabríamos adonde nos conduciría.

Hoy, cuatro años después se repite la historia, aun continúo con quimioterapia oral para tratar mi leucemia. Aunque ya pasó lo peor de mi enfermedad tengo que cuidarme mucho. Me encontré a punto de un trasplante de médula pero los médicos determinaron que no. Hoy sueño con el mundial y aunque ahora es más difícil, más lejos, más caro, más trámites, me deben autorizar un medicamento para poder viajar y esperar que me lo entreguen, pero cuento con lo más importante y con lo que empecé hace cuatro años, el visto bueno de mi esposa y el apoyo de mi familia que, aunque no les gustan mis locuras me ayudan a hacerlas realidad.

Así que estoy en Rusia, mi segundo mundial, donde con la ayuda de Dios espero que todo salga me bien y que pueda regresar con muchas historias que contarles a mis hijos, y tal vez en un futuro a mis nietos.