El precio sin precio de una rosa

 

A la luz de la mano, una hermosa rosa se posa

Por: Stefanny Malaver.

El 14 de febrero se conmemora el día de San Valentín, y con tal motivo los enamorados de algunos países del mundo, sobre todo en Estados Unidos, suelen regalarse flores, bien como una expresión de amor, de prometido compromiso o como un acto de reconciliación. Esa celebración, hace que sea uno de los momentos más anhelados por los productores de flores en Colombia, cuando llegarán a vender el 10 % de sus exportaciones anuales.

Igualmente, una ocasión esperada para los trabajadores de los cultivos de flores, que esperan aumentar sus ingresos mensuales dado que deberán trabajar horas extras que les permitirá aumentar sus ingresos por encima del salario mínimo que para este 2018 fue estipulado en $781.242.

Es el caso de dos mujeres “milagrosas”, cabeza de hogar, Vila Torres y de María Isabel Sánchez, obreras que trabajan en un cultivo de rosas en Chía. “Milagrosas” porque ganan el mínimo, y de milagro pueden mantener a su familia.

Vilma Torres hoy con 37 años de edad salió de su pueblo hace trece años de Magangué, Bolívar, en busca de trabajo: “eso por allá es muy escaso, no se consigue nada de nada, lo único que se consigue allá es de casa de familia y le pagan a uno cien mil pesos mensuales”. Se residenció en Chía y desde entonces trabaja en un cultivo de rosas a la que ella le agradece mucho, pero con la que solo le alcanza para arrendar una pieza por $250.000. “Vivo con mi hija, tenemos dos camas pequeñas y nos toca compartir el baño y la cocina con los demás inquilinos, para lo otro que me alcanza mi sueldo es para hacer el mercado del mes, a veces solo compro un bulto de arroz [12 kilos], dos cubetas de huevos [60 unidades] y plátanos. Con eso nos valemos cuando necesitamos ahorrar aún más”.

Ella, al igual que muchos trabajadores rasos en este país, sueña con tener casa propia y darle una mejor educación a su hija de trece años.

Al igual que ella, María Isabel Sánchez, de 33 años, llegó a estas tierras de Sabana Centro rebuscando una mejor paga para su fuerza de trabajo. Sin embargo, como a Vilma: “…el salario mínimo a mí no me alcanza, me veo recorta, me toca a veces valerme pal’arriendo con préstamos… por eso cada quincena sigo endeudada y endeudada… hasta en vacaciones me toca enviar a los hijos adonde mi mamá en Pacho, para que ella me los cuide y ahorrar más platica”.

Préstamos del Fondo de empleados de la empresa de flores, cada dos meses, porque con “… cuatro hijos: dos niños pequeños y dos niñas grandes”, María Isabel necesita más dinero para sobrevivir.

Y como Nairo Quintana, el ciclista colombiano que triunfa en el exterior, Vilma y María Isabel, muchas de las mañanas sin lluvia en Sabana Centro, se acomodan sus sencillos guantes de lana, se aferran a los manubrios de sus bicicletas y pedalean hasta los cultivos de rosas, a fin de clavar en su cuenta de mercado los $88.211 de subsidio de transporte que ordena la ley, y sumarle al dinero que necesitan para sobre vivir con su familia.

Una necesidad de ingresos que se reconoce cuando alguna persona expresa afecto al comprar una flor nacional (la que se queda en el país) en un rincón de Sabana Centro por 500 pesos, en una esquina en Bogotá por cinco mil pesos, o cuando un gringo la adquiere por cinco dólares en New York y hasta por siete euros en la rue de Paris.