Cajicá y Zipaquirá: Una larga historia fraternal

La relación entre estos dos municipios ha sido la de dos pueblos hermanos que, a pesar de las ocasionales desavenencias, han sabido mantener sus lazos de unión.

 

“Los hermanos sean unidos porque ésa es la ley primera. Tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea. Porque si entre ellos pelean los devoran los de afuera”.

La cita es de nadie menos que José Hernández, el afamado escritor y militar argentino, autor de Martín Fierro, máxima obra de la literatura gaucha. Sin embargo, la advertencia que hace Hernández tiene un carácter universal, que trasciende fronteras y épocas.

Que Cajicá y Zipaquirá sean considerados municipios hermanos no es ninguna novedad. No solo por su cercanía, sino por la importante interacción comercial y cultural entre los dos pueblos. Desde luego, como buenos hermanos, estos dos municipios han tenido desacuerdos a lo largo de la historia, pero por fortuna las discordias se han superado y hoy en día la relación es fuerte.

Las razones para esta interdependencia son varias y diversas. Históricamente, la ciudad de las salinas ha sobresalido como “capital” de provincia y ha sido el centro urbano más grande de la región. En un rápido repaso a la Enciclopedia Histórica de Cundinamarca, de Roberto Velandia, encontramos que Cajicá hizo parte de la Cámara Provincial de Zipaquirá desde 1852. Cajicá, por su parte, siempre estuvo emplazada en el camino de Zipaquirá a Bogotá, por lo que se configuró como un punto estratégico.

En el ámbito religioso también es clara la preponderancia de Zipaquirá. La diócesis que lleva su nombre fue creada en 1952 y, desde entonces, ha sido el núcleo eclesiástico para los fieles de la provincia.

Pero existen otras razones que ilustran la mutua importancia de estas poblaciones. Tal como lo afirma Gerardo Cuervo Z, “en Cajicá no existían planteles de educación oficiales. En cambio allá (en Zipaquirá), existían el Liceo, que fue donde estudió Gabo, el Liceo Femenino, luego la Industrial y la Normal”. Por ese motivo, fueron muchos los jóvenes cajiqueños que adelantaron sus estudios en colegios zipaquireños, contribuyendo con la integración cultural entre los pueblos.

No es menos importante el hecho de que gran parte de los cajiqueños haya nacido en Zipaquirá, debido a que anteriormente no existían en Cajicá centros de salud suficientemente adecuados para los nacimientos. Así mismo, un porcentaje considerable de los habitantes de Cajicá figuran con cédula de Zipaquirá, pues en tiempos pasados Cajicá no contaba con Registraduría. Desde luego, todo este flujo de cajiqueños hacia Zipaquirá era beneficioso para el comercio de la ciudad de la Catedral de Sal.

En definitiva, son sobrados los motivos que ilustran la importancia recíproca de Cajicá y Zipaquirá. No obstante, históricamente han existido también algunas discusiones entre los habitantes de las poblaciones, principalmente en lo respectivo a los límites fijados entre los dos municipios.

El terreno en cuestión comprendía principalmente la Planta de Soda, que tenía una importancia tributaria, pues, de acuerdo con Gerardo Cuervo, debía pagarle al Municipio de Cajicá el 0,5% del producido bruto. Por este motivo, esa zona, que también abarcaba lugares emblemáticos como la Fábrica de Tejidos Santana, era deseada por ambos municipios.

Para tener una referencia sobre los límites y evitar mayores disputas, el entonces alcalde de Cajicá, Policarpo Barón, junto con el tesorero Marcelino Villarraga y el personero Camilo Méndez, encargaron la creación de una estatua de San Roque. El monumento fue ubicado justo en el lindero de los dos municipios, donde permanece hasta hoy, vigilando atentamente, en compañía de su inseparable mascota, el devenir de los dos pueblos.

Justamente la estatua de San Roque es la protagonista de una de las historias más famosas entre cajiqueños y zipaquireños. Se trata de las acusaciones mutuas, quizá en tono de broma, de que los habitantes de cada municipio corrían la estatua por la noche para ganar algunos metros de terreno. Los comentarios humorísticos entre los pueblos abundaban, como aquel que reza que si el presidente Santiago Pérez Manosalva volviera a nacer, no sería zipaquireño sino cajiqueño, pues la hacienda en la que nació cambió de jurisdicción. Por suerte, estos apuntes tienen más dosis de humor que de tensión y de esta manera se ha logrado superar los desacuerdos entre dos municipios con algunas cosas que los separan, pero con muchas más que los unen.



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