La participación de las Mujeres en las independencias.

 

Por Andrés Olivos Lombana – Historiador

 

La lucha por la independencia no fue solamente un asunto de hombres; las mujeres participaron en el proceso de emancipación de las colonias hispanoamericanas frente al imperio español. Su participación no se redujo a una veintena de mujeres mitificadas como heroínas… miles de ellas intervinieron en el proceso actuando como espías, conspiradoras, responsables de la logística y de las municiones, pertrechos y avituallamiento; enfermeras y combatientes; marcharon tanto en la retaguardia como en las mismas filas de la vanguardia de los ejércitos patriotas y libertadores.

Bachué, madre generadora de la raza muisca. Óleo de Luis Alberto Acuña.

Pobreza, maltrato, escarnio público… y resistencia

Durante los tiempo coloniales, en el siglo XIX, y aún en los tiempos posteriores, las mujeres pobres y subalternas –indias, mestizas y blancas- tuvieron difíciles y dolorosas condiciones de vida: aparte de las angustias propis de la pobreza, agravadas muchas veces por el abandono de sus parejas o por la viudez, también en su diario vivir afrontaron los abusos, castigos y violencia por parte de sus maridos; además fueron a su vez blanco del escarnio público por parte de algunos curas párrocos y del vecindario, al ser señaladas como mujeres malas o prostitutas, cuando por su situación de soledad, abandono o viudez recurrían a la compañía de un amigo o establecían una nueva relación de pareja… Y quizás cuando en alguna ocasión, en si vida personal y privada, y de forma clandestina, optaban eventualmente por la prostitución. De cualquier forma, así se tratara de situaciones reales o supuestas, a la postre eran señaladas como prostitutas o cuando menos se las acusaba de vivir amancebadas. (ver: Andrés Olivos Lombana. Prostitución y “mujeres públicas” en Bogotá, 1886-1930. Editorial U. javeriana, 2018, p. 79).

Pero además de afrontar la pobreza, el destierro y el escarnio y rechazo social a consecuencia de la cruel y rígida moralidad, las mujeres -principalmente las mujeres pobres y subalternas- fueron también objeto de múltiples violencias propinadas por sus maridos, y con el contubernio de las autoridades. A propósito conviene señalar que en el año 2012 se publicó una investigación sobre las conyugicidas en la Nueva Granada (1780-1830), es decir sobre aquellas mujeres principalmente mestizas y muy pobres, que ante el maltrato y la violencia permanente y cotidiana que recibían por parte de sus maridos, finalmente respondían con el asesinato de ellos, como una forma de resistencia y liberación. En aquellos tiempos se imponía a las mujeres el tradicional modelo de comportamiento mariano: sumisas, obedientes y confinadas al hogar.

El modelo de matrimonio católico pedía al marido amor hacia su esposas y, a su vez, un ejercicio efectivo de la autoridad y de la propiedad sobre la familia: a la esposa se le exigía obediencia y tolerancia ante la autoridad del marido, autoridad natural que legitimaba o bajo la cual se

mimetizaba el maltrato. En el texto de La perfecta casada, escrito por el monje español Fray Luis de León (1527-1591), se le enseñaba a la esposa: Por más áspero y de más fieras condiciones que el marido sea, Es necesario que la mujer le soporte, y que no consienta por ninguna Ocasión que se divida la paz. ¡Oh, que es un verdugo! Pero es tu marido. ¡Un áspero, un desapacible! Pero miembro tuyo ya.

¡Y miembro el más principal!

Pero en aquellos tiempos algunas mujeres pobres en la Nueva Granada rompían el modelo mariano: no estaban confinadas en el hogar por sus ocupaciones y su trabajo; la mayoría de las veces sostenían económicamente a su familia, y tenían mayor poder y capacidad de tomar más decisiones. En ese contexto ascienden al escenario de la historia las mujeres subalternas -y también de las élites-, mujeres que intervienen en la política, al comienzo de manera clandestina y silenciosa; mujeres que participan como protagonistas en la historia de la emancipación y de las independencias… mujeres que continúan en el siglo XX y hasta el presente participando en los combates por la democracia y los Derechos Humanos en el territorio de nuestra patria, de Nuestra América, y en todos los rincones del espacio planetario.

¿Historia de las heroínas? o Historia de las Mujeres

Aquellas mujeres que por su personalidad y singularidad descollaron en la Historia –como en el caso de Policarpa Salavarrieta o de Antonia Santos- deben entenderse en el contexto y como parte de la historia de las mujeres, en plural, en plural. Y así mismo, la historia de las mujeres en la in- dependencia no puede reducirse a la historia de las heroínas, representadas como mujeres excepcionales, mitificadas en los emblemas, esculturas y “altares de la patria”.

También hacen parte de la historia de la Independencia la mayoría de las mujeres, aquellas que no fueron reconocidas como “heroínas”, aquellas que vivieron y actuaron en espacios diversos, que participaron desde la cotidianidad, y cuya memoria se refundió en el anonimato, o se perdió en el silencio por el desinterés o las omisiones “inconscientes” de los escritores de oficio. Durante la Independencia y en particular durante el denominado “régimen del terror”, fue ampliamente transgredido el ideal femenino imperante de buenas madres y de esposas recluidas en el espacio doméstico.

Levantamiento insurreccional

En 1780 en el virreinato del Perú se produce el levantamiento insurreccional de los incas conducidos por Túpac Amaru, con la importante participación de algunas indígenas como Micaela Bastidas Puyucahua; y anteriormente, en 1777 en la Audiencia de Quito ocurren las sublevaciones en Cota- cachi y Otavalo, en esta última contra el censo y la usurpación de tierras, destacándose la acción de mujeres como María Pijal; también en el mismo año en Cayambe, donde interviene Martina Fernández. El 20 de mayo de 1800, las comuneras indígenas Francisca Aucú y Manuela Cumbal en Guaitirilla (territorio sureño de los indígenas Pastos) encabezan la rebelión contra el aumento de los diezmos decretado por el rey de España; motines que habían iniciado en Ipiales

en septiembre del año anterior. En Cómbita, Provincia de Tunja, Clara Tocarruncho a comienzos de 1781 proclama al Inca Túpac Amaru como el “Gran Emperador Indígena de América”; y en marzo del mismo año en El Socorro Manuela Beltrán prende la mecha comunera contra los impuestos. En Túquerres también hubo manifestaciones comuneras en las que se puede mencionar a Paula Flores, Fulgencia Chaucanés, Liberal Morongol, Josefa bolaños, Juana Rivadeneira, Rosario “la locrera”, la india Flores, tuerta de Túquerres; Dominga Flores de Guaitarilla, Flora, india de Túquerres; Tomasa Cuasqultur y Pascuala Díaz.

Participación de las Mujeres en las jornadas del 20 de Julio de 1810

Al medio día de aquel viernes día de mercado, tan pronto la chispa se prendió con la trifulca en la tienda del español Lloren- te, las primeras en acudir ante la ofensa a los americanos fueron las mujeres, las chicheras y vivanderas. Ya entrada la tarde, cuando los chisperos llamaban a la plaza y se requería de la presencia masiva de la población para exigir Cabildo abierto, allí estaban ellas, en esta ocasión las de arriba y las de abajo entrecruzadas en una sola voz.

En esa tarde las mujeres tuvieron una decisiva participación. En momentos en que para salvar el movimiento resultaba imprescindible tener el parque de artille- ría bajo el control del pueblo, “las mujeres de toda condición y edad –afirma un testigo- se presentaron armadas al lado de los hombres, y aún de multitud de niños que cargados de piedras amenazaban a los soldados armados gritando que si hacían alguna descarga se avanzarían (sic) sobre ellos”. Y sobre ese mismo hecho el Dia- rio Político de la Revolución registra el siguiente episodio:

“Una mujer cuyo nombre ignoramos, y que sentimos no inmortalizar en este Diario, reunió a muchas de su sexo, y a su presencia tomó de la mano su hijo, le dio la bendición y le dijo:

“Ve a morir con los hombres: nosotras las mujeres (volviéndose a las que la rodeaban) marcharemos delante; presentemos nuestros pechos al cañón; que la metralla descargue sobre nosotras, y los hombres que nos siguen y a quienes hemos salvado de la primera descarga, pasen sobre nuestros cadáveres, que se apoderen de la artillería y liberen la Patria”.

Reconquista y “régimen del terror” En las jornadas del 20 de Julio de 1810 ingresarán al escenario político las mujeres, unas como realistas y otras como patriotas; posteriormente, en la contienda civil, se alinderarán como federalistas o centralistas, otras continuarán como realistas; vendrá la reconquista con su represión y entonces muchas se ubicarán en la resistencia, algunas de ellas actuando en la insurgencia, como se verá a continuación.

Restablecido Fernando VII en el trono a finales de marzo de 1814, después de haber permanecido seis años cautivo en Francia, su primera preocupación como Rey de España fue recuperar las colonias separatistas en Hispanoamérica y exigir la sumisión de sus habitantes; para esto diseñó una estrategia militar conocida como la reconquista española, que en el caso de la Nueva Granada se inició en agosto de 1815 con el sitio a Cartagena, y de allí en adelante con el “régimen del terror” instaurado por el general español Pablo Morillo durante su ocupación militar

del territorio neogranadino, y culminó con la derrota de los españoles en la Batalla de Boyacá, el 7 de agosto de 1819.

Represión y castigos a las mujeres patriotas

A continuación se relacionan algunas de las formas de represión, castigos y trabajos forzados a los que fueron sometidas las mujeres patriotas durante el “régimen del terror”:

• Prisioneras y confinadas al destierro; en una lista del 23 de agosto de 1816 figuran 106 mujeres confinadas a distintos pueblos de la provincia de Santafé;

• Azotadas, en ocasiones hasta perder la vida como le ocurrió en Cartagena a Leonor Guerra, detenida por los realistas para que delatara los planes de los patriotas, por esto fue azotada públicamente hasta perder la vida; y las hermanas Gabina y María Leonor Murcia, quienes murieron después de ser azotadas por órdenes del alcalde de Ubaté, el 17 de julio de 1817;

• Obligadas a cocinar y alimentar a las tropas realistas;

• Obligadas a dar contribuciones y donativos;

• Sentenciadas con castigos como “coser camisas hasta el fin del año” y “a limpiar calles por dos años”, además de no recibir ningún pago por dicho trabajo;

• Obligadas a trabajar sin remuneración en las cocinas y panaderías para servir a las tropas invasoras;

• Obligadas a trabajar en la sociedad denominada Beneficencia y Caridad: “compuesta de señoras que debían proveer los hospitales de camas, vendajes, hilas, ropas, sábanas, tendidos, etc.

Resistencia e insurgencia

Al iniciar las capturas y sentencias de muerte, la primera y natural reacción de las mujeres fue la solicitud de clemencia para salvar la vida de sus esposos, hijos y hermanos, ante lo cual el general Morillo siempre mantuvo su negativa y talante perverso e indolente.

Pero los sentimientos de dolor y rabia, después fueron secundados por la reflexión y la resolución de resistir y actuar. Con el régimen del terror las mujeres alcanzan su mayor conciencia política y emergen decididamente en el escenario político-militar, participando en la resistencia a través de múltiples formas -como se verá más adelante- y también como valerosas insurgentes, espías y combatientes. “A cambio de su acción fueron perseguidas, enclaustradas, apresadas, des- terradas, confinadas e incluso fusiladas y asesinadas por los realistas, -afirma la historiadora ecuatoriana Jenny Londoño-. Otras veces, terminaron convertidas en botín de guerra y fueron violadas y maltratadas por sus enemigos”.

Derechos Humanos y legitimidad

De la Resistencia con el régimen del terror la lucha por la Independencia política de España se transforma en resistencia frente a la opresión; y trasciende como lucha en defensa de la libertad y la dignidad. En diciembre de 1810 Antonio Nariño, intelectual revolucionario y precursor de los Derechos Humanos, escribe los Deberes sociales de orden político y Deberes del hombre en Sociedad. En su escrito Nariño reconoce la dialéctica entre derechos y deberes, al mismo tiempo que la soberanía popular:

“Como el pueblo es la fuente de todo poder y autoridad -afirma-, el original asiento de majestad, el autor de las leyes y creador de los ministros que las eje- cutan, si ve que los individuos a quienes ha confiado sus poderes han abusado de ellos, que la tiranía o la usurpación han violado su majestad, que se ha prostituido su autoridad para sostener la violencia o la secreta corrupción, que las leyes se hacen perniciosas por accidentes imprevistos o inevitables, o se vuelven ineficaces por la infidelidad y engaño de los que las ejecutan, entonces tiene el derecho, y el que es su derecho es su deber, de reasumir aquel poder delegado y pedir cuenta a sus mandatarios: resistir la usurpación y extirpar la tiranía, restablecer su majestad profanada y su autoridad prostituida, sus- pender, alterar o abrogar aquellas leyes y castigar a sus infieles y corrompidos ministros”.

Foto 2: Anónimo – Desfile del primer centenario de la Independencia con Libertad y Orden -1911.

Actividades de las mujeres en la resistencia

Las mujeres patriotas realizaron diversas actividades en apoyo a las tropas revolucionarias manteniendo la resistencia y fortaleciéndola. Entre tales actividades se mencionan las siguientes:

• Ocultaron desertores e insurgentes y conspiraron, como lo hicieron en sus casas Andrea Ricaurte de Lozano y Rosalía Sumalave de Almeyda y sus hijas Trinidad, Rafaela, Gabriela y Teresa;

• Auxiliaron a las guerrillas con información, víveres y ocultando o llevando municiones, armas y per- trechos, como Gertrudis Vanegas, auxiliadora de las guerrillas de los Almeydas;

• Atrajeron y fomentaron la deserción de soldados y los vincularon a las filas patriotas, como lo hizo Policarpa Salavarrieta, o Ana Josefa Morales,

ejecutada “por haber conseguido la deserción de varios soldados del Batallón Numancia”;

• Confeccionaron uniformes y banderas;

• Participaron como milicianas y combatientes, algunas veces “disfrazadas de

Hombres” para pasar inadvertidas, como ocurrió en Cartagena con María Concepción Romero, quien se disfrazaba de hombre para servir de enlace entre los patriotas, siendo finalmente descubierta y azotada públicamente;

• Marcharon con los ejércitos, auxiliando a los heridos, alistando las armas y municiones, arreglando la ropa de campaña, cumpliendo labores de abastecimiento y cocinando para las tropas; mujeres que -dependiendo la región- fueron denomina- das las juanas, voluntarias o soldaderas;

• Provocaron tumultos de protesta y acciones intrépidas contra las autoridades españolas, como Francisca Guerra, “la Pacha Guerra”, quien capitaneó el grupo de mujeres que pretendió tomarse y ocupar el parque de artillería en Santafé el 20 de Julio;

• Aportaron joyas, esclavos, caballos y sus bienes para el ejército revolucionario, como la antioqueña Simona Duque, oriunda de Marinilla, quien le dijo al coronel José María Córdova: “Vengo señor a traer mis joyas para contribuir por mi parte a salvar la Patria”;

• Animaron a los ejércitos republicanos, como lo hicieron algunas mujeres de la élite santafereña al enviar cintas blancas con inscripciones de oro al general Nariño y sus soldados con ocasión del triunfo en la Batalla de Calibío y su ingreso a Popayán en enero de 1814; y

• Cantantes de la resistencia, como Juana Morales, arrestada por cantar la canción “el general Bolívar tiene un caballo para matar españoles, europeos y canarios”.

Espías y combatientes

Durante todo el periodo de la Independencia, y particularmente para enfrentar el régimen del terror, las mujeres actuaron como espías en muchos lugares del territorio, convirtiéndose en valiosas e indispensables auxiliadoras e informantes de los ejércitos patriotas y de las guerrillas. El rol de espías requería de mujeres de aguda inteligencia, intrépidas y con in- menso coraje.

La Pola – Pintura de Celestino Martínez – 1871.

Policarpa Salavarrieta – por ejemplo- se desempeñó en la Capital como la principal espía patriota en el año 1817, coordinando una compleja red de apoyo de las guerrillas del Casanare y del Valle de Tenza. Se recuerda también a la socorrana Agustina Mejía, quien actuó “como espía, mensajera y contribuyó a partir de la reuniones y bailes que organizaba en su casa, a promover la causa republicana. Al ser identificada, es detenida y luego fusilada en la plaza principal de su pueblo, el día 8 de septiembre de 1816”. En los tiempos de las confrontaciones militares decisivas del año 1819, una de las campesinas boya- censes que participa como espía-patriota es Juana Escobar, “comisionada para servir de espía de los movimientos del general español Barreiro en los días anteriores a la batalla del Pantano de Vargas. También llevaba mensajes, que se aprendía de memoria, a la División de Retaguardia, en la cual venía el Libertador”.

Y algunas mujeres también participaron en los ejércitos y en las guerrillas patrio tas, como voluntarias, en ocasiones empuñando el fusil y combatiendo al lado de los hombres. En 1814, en la Batalla de Calibío, “además de las mujeres auxiliares, participaron milicianas realistas, que eran de origen quiteño y vestían ropas masculinas”, afirma la historiadora Lydia Inés Cordero. “También en Charalá, (Santander) junto al ejército patriota avanzan en los días de 1819 ‘silenciosas y firmes, a veces con el arma al brazo, las mujeres de la revolución’…”. En la Batalla del Pantano de Vargas muere en combate Simona Amaya, camuflada en el Ejército Libertador. Y en la Batalla de Boyacá participaron algunas mujeres como la tunjana Evangelista Tamayo, quien tuvo el rango de capitana.

Testimonio sobre las mujeres combatientes A. Alexander, legionario escocés vinculado al Ejército Libertador, relata un día de jornada y marcha de las tropas, con estas palabras: “…Mulas y asnos avanzando junto con cochinos, gallinas y los niños atados en cueros de res sobre el mismo animal, mulas y caballos con dos o tres personas montadas, las mujeres siempre adelante con uno o dos hombres atrás; mujeres trajeadas como hombres, con sus musculosas piernas y rostros atezados, luciendo un sombrero, camisa, y pantalones de hombre, cortados a la altura de las rodillas; en realidad los habitantes de toda edad, sexo y color rodaban delante de nosotros en una masa, las mujeres de los soldados negros e indios cabalgando y caminando entre los hombres”.




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