Alejandra O´Connell, la clarinetista que toca en Europa, pero no en Cajicá

El color rosado pastel del atardecer penetra las enormes paredes blancas del Centro Cultural y de Convenciones de Cajicá, edificio recientemente construido en ese municipio de Cundinamarca. Esta construcción es el segundo hogar de todas las personas que en Cajicá y algunos municipios cercanos se dedican a la música y al arte.

Para llegar a la sala de prácticas de la galardonada Banda Sinfónica de Cajicá, que logró en 2017 el primer lugar en el Harmony 3rd División del World Music Contest 2017 de Holanda, subo cuatro pisos por las anchas escaleras que hasta allí conducen. Adentro de la sala amplia, oscura y llena de atriles plateados, percibo la tensión de los jóvenes músicos por las fuertes y largas prácticas a las que deben someterse.

Una de ellas es la joven clarinetista, María Alejandra O’Connell, que esta mañana, en compañía de su madre, luce su pelo negro suelto y peinado hacia el lado derecho, un saco azul desgastado en las mangas y un jean que parece salpicado por manchas de hipoclorito. La encuentro sentada detrás de uno de los brillantes atriles de la sala. Saca su clarinete del estuche de cuero negro. Coloca las partituras sobre el atril y empieza a tocar los primeros acordes de O Sole Mio, la famosa melodía napolitana compuesta en 1898 por Eduardo di Capua. Alejandra mide 1,55, unos centímetros más que su madre.

“Fue la primera pieza que toqué con el clarinete, la aprendí cuando tenía catorce años” cuenta Alejandra, una de las diecinueve clarinetistas de la orquesta cajiqueña, fundada en 1987. La orquesta cuenta hoy con nueve grupos de instrumentos de viento: clarinetes, flautas, saxofones, trompetas, trombones, cornos, tubas, fagot y oboes.

Sorprende saber que el sueño de Alejandra fue ser saxofonista y que sabe tocar el clarinete desde hace cinco años. Su primer maestro fue YouTube: “Aprendí a tocar clarinete con videos… al empezar jamás tuve maestro”.

La artista recuerda que se inició en la música cuando tocaba platillos en la antigua sede de La Casa de la Cultura de Cajicá. “No podía tocar otro instrumento porque solo tenía 7 años y era muy bajita”, confiesa Alejandra revelando sus colmillos blancos, torcidos mientras sonríe y se da un leve golpe en la frente.

Rememora que su ingreso a la banda sinfónica se dio gracias a su instructor Cristian, quien le enseñó a leer partituras y tocar flauta dulce a los doce años. Tres años después Alejandra pasó por, lo que ella llama “el momento más duro de mi vida”. Se aisló durante un año de la música ya que, en el colegio Antonio Nariño de Cajicá, donde finalizó sus estudios, la molestaban debido a las largas horas de práctica que le dedicaba al clarinete.

Desde entonces Alejandra no da conciertos en el municipio: “No me gusta tocar aquí en Cajicá”. “Es terrible tener confrontaciones en el colegio, yo no pude disfrutar ni siquiera 11, me molestaban porque lo único que yo hacía era tocar, la verdad yo solo pensaba en irme”.

El maestro Cristian la estimuló a retomar la carrera musical y a ingresar, en 2013, a la premiada banda. “Cajicá te brinda un respaldo y confianza, todos los músicos reconocen a este pueblo como uno de los mejores en música” expresa Alejandra. Cajicá es reconocido también en la Universidad Nacional de Colombia, donde la clarinetista sueña ser admitida.

Con una sonrisa que recorre su ancho rostro, saluda a su madre, que se haya recostada sobre el marco de la puerta de la sala y que con señas le indica que entre a la oscura sala.

 

La clarinetista vuelve a Holanda, a exactamente el domingo 9 de julio de 2017, cuando junto con la Banda Sinfónica de Cajicá, ofreció el concierto más importante de su vida hasta ahora, en Kerkrade. Allí lució un vestido largo vinotinto, el vestido más elegante que ha usado. “Tuvimos dos meses para mandarlo a hacer, fue un problema porque nadie se ponía de acuerdo… igual fue la noche en la que me sentí más bella”, reconoce. “Yo nunca he sido una mujer de accesorios y tacones altos”. Agrega.

Alejandra no se perdió de la diversión en tierra europea, en Maastricht, Holanda, asistió a un festival de la cerveza. “Siempre he sido muy mala para beber alcohol, me tomé un vaso gigante de cerveza, quedé muy feliz y no sé cómo al otro día no me dio resaca”, reconoce Alejandra con una risa tímida.

La Banda Sinfónica de Cajicá ganó aquel puesto en Holanda, con un puntaje de 90,17, compitiendo con países como España, Tailandia, Alemania y Letonia. Luego dio   conciertos en París, Bélgica y España. Para Alejandra fue una sensación indescriptible poder estar de pie en escenarios tan imponentes. “Ver a personas que escuchaban ‘Mi pueblo natal’ y lloraban, eso, como músico, es la expresión más linda que tú puedes ver”, dijo Alejandra recogiéndose las mangas del saco. “No cambio por nada la sensación de ver el público de pie aplaudiendo”.

La banda no tocó solo en lujosos auditorios, también lo hizo en hoteles y calles, como en Brujas, Bélgica, donde no solo comieron chocolates de toda variedad, sino que también tocaron en una avenida. “Comí tanto chocolate, porque era exquisito el sabor, que hoy no quiero volver a saber nada de dulce”, confiesa Alejandra cubriéndose la boca y cerrando los ojos.

Lo que la clarinetista sí extrañó de Colombia durante su estada en Europa fue el arroz: “… durante todo el mes que estuve por fuera del país no probé ni un grano… en París me ilusioné porque por fin lo había encontrado, sin embargo, era horrible, sabía a plástico”. Dijo.

Desde Europa Alejandra se comunicó pocas veces con su madre, sin embargo, el Instituto Municipal de Cultura y Turismo de Cajicá efectuó una transmisión en vivo del momento en que la banda sinfónica tocó. La madre asistió, y fue de la única forma en la que pudo volver a ver a su hija.

De pelo negro liso, ojos cafés oscuros y grandes, piernas cortas, rostro ancho, dientes pequeños, al igual que sus manos, y uñas largas, es la madre de Alejandra. Sin embargo, son tan parecidas que es como describir a la clarinetista de la banda sinfónica. “Dicen que somos muy parecidas, y a mí me encanta; quiero parecerme a ella no solo físicamente sino también intelectualmente, es un ejemplo para mí. Sé que no ha tenido una vida fácil porque le ha tocado trabajar muy duro. Trabajó en un aeropuerto, ni siquiera tenía tiempo para mí, pero eso me motiva a dar lo mejor de mí”. “… este logro es únicamente para ella, por eso es que toco, para ver esa sonrisa en su rostro”. Alejandra, hija única, no menciona a su padre.

Escucho una voz que sube, rauda, desde el piso inferior donde me encuentro con la clarinetista. Una voz de mujer anuncia: “¡María Alejandra es hora de la clase!”. La artista se levanta, estira la espalda, avanza. Se despide y le pido que busque la ocasión para tocar en Cajicá: “No, yo por acá no toco, si quieres verme nos vemos en Europa”, dice la joven artista riéndose. Y se aleja por el inmenso corredor. Al verla de espaldas solo puedo percibir el enorme estuche de cuero negro, en la que carga su instrumento, tapándole la cabeza.