CON LAS MANOS BLANCAS INMÓVILES SOBRE LA REJA.

Como yo, tal vez alguien más ha visto la enigmática mujer de la Casa Ospina, un refugio mágico donde lo sorprendente no le teme a la realidad.

 

Por: Xiomara Soler. Lic. en Idiomas

 

El aguacero amaina sobre Cajicá, tan solo caen unas gotas imperceptibles. El pueblo se siente como ausente por el frío de la noche aún joven. Viernes de ruptura de las actividades cotidianas, por ello quizá la soledad de las calles. Conduzco mi vehículo sin prisa en sentido oriente – occidente, y miro a lado y lado de las aceras.

 

La fila de autos no es interminable pero sí intermitente, avanzamos hacia el parque principal. Mi plan es tomar rumbo al occidente por la Avenida Cavelier. Al llegar al parque tengo que frenar la marcha. Mientras espero que la fila de autos reinicie el recorrido, observo  algunas personas caminando a toda prisa como queriendo evadir algún otro temporal. Solo cuando miro hacia mi derecha me percato que detuve el auto justo en frente de la Casa Ospina. Allí, se alza en la penumbra, esa casa antigua, olvidada, solitaria, oscura y vacía.

 

Nunca antes como en esta noche fría y lluviosa de noviembre, reparo tanto en aquella envejecida y siempre solemne fachada de estilo republicano con evocación española. De entre las sombras, se alza una imponente figura alta y delgada, una inconfundible silueta femenina. Me pregunto por su permanencia allí, justo en ese lugar apetecido por la soledad. Entonces bajo el vidrio de la puerta derecha delantera de mi auto para reparar mejor. La silueta toma forma de mujer en los albores de la juventud: alta, de cabello largo y tez blanca. Parece que flota mientras se esfuerza por mirar a lado y lado. Está sola. Su traje color café le cierran el cuello, las muñecas y los pies. Sus manos inmóviles y blancas, colocadas sobre la reja, simulan una postura singular como esperando a alguien que está por llegar. Mientras recorro con mi vista su traje de corte desusado, caigo en cuenta de que la reja está encadenada y con candado, y que la puerta de la casa también está cerrada. Rápidamente reparo en el rostro de la misteriosa mujer: cejas pobladas, ojos grandes, nariz respingada, labios carnosos; parece una belleza detenida en el tiempo, como de otro mundo. Las personas que pasan por allí parecen no darse cuenta de la joven. Simplemente caminan y no perciben su presencia. Allí se queda, sosteniendo sus manos sobre la reja, sin hablar, mirando a lado y lado con el cabello rozando su cintura mientras yo emprendo de nuevo la marcha por el pitar incesante de los demás automóviles. Como yo, tal vez alguien más ha visto la enigmática mujer de la Casa Ospina, un refugio mágico donde lo sorprendente no le teme a la realidad.