El Kung Sul: caballeros, arcos y flechas en Sabana Centro.

Daniel Pérez y Felipe Rubiano, practican Kung Su. Foto: Liliana Castillo.

 

Por: Liliana Castillo Neira

En un rincón de Cajicá, aún libre de cemento, se encuentran el pasado con el presente. Una veintena de jóvenes se reúne semanalmente para practicar una disciplina deportiva oriental, el Kung Sul, antiguamente ligada con caballeros, hombres cultos y agrestes.

Humberto vivía en los Estados Unidos, cuando llegó a sus manos el libro de Eugene Harrigan, “Zen en el arte caballeresco”; la intrigante escritura del filósofo alemán, lo condujo por el camino del Kyūdō, cuyo significado literal es “el camino de la flecha”, cuyas raíces están aferradas a la historia misma del Japón, y su tradición Shinto.

A sus 15 años, comenzó a trabajar para conseguir un arco adecuado a sus expectativas. Asistió a varios encuentros de arquería tradicional: “Descubrí que la arquería también se hacía a caballo, era tan dinámico, no era rígido ni ceremonioso, interiormente fue un momento ¡Eureka¡”, comenta Humberto. Se apartó brevemente del aquel elegante Kyūdō y se acercó a la tradición del arco Mongol.  

En Colombia, el Kung sul es una disciplina nueva, si bien hay muchos jinetes. La Sabana es pionera en este deporte antiquísimo, expresión del arte caballeresco de Oriente. El entrenamiento de la arquería oriental, se hace a diferentes distancias, 15, 20 o 140 metros.

Humberto, sexto dan (grado de maestría en la práctica), es delegado para Colombia en esta disciplina. Tras su paso por los Estados Unidos, el ahora instructor, alguna vez becario del Gobierno del Japón, vivió en Tokyo, Kyoto y Kobe; casi dos décadas de historias de vida transcurrieron en el país de sol naciente, hasta que decidió empacar sus maletas y regresar a sus origines. “Aquí todo es posible, allá todo está hecho o va muy adelantado… en Colombia es posible volver a iniciar y compartir”, asegura.

A su academia al aire libre, llegan niños desde los tres años acompañados de sus padres hasta adultos con ganas de disolver -a punta de flechazos-, el estrés que impone la cotidianidad. Los pequeños practicantes llevan sus uniformes blancos e impecables, con un cinto y karkaj en la espalda.

Las posibilidades de la arquería son infinitas y al alcance de todos; sin necesidad de incurrir en gastos excesivos o doblegarse a una técnica imposible de descifrar.