Carta al PBOT 2014

Fragmento de Cajicá 2030: Carta al PBOT 2014, por Edilberto Afanador

A pesar de que hubo quién les dijera que eso no debería hacerse de esa manera, Ustedes mantuvieron firme la decisión y convirtieron a Cajicá en una ciudad. ¿Pero en qué tipo de ciudad? Bueno, ese es el tema de mi carta. Les voy a contar cómo es esta Cajicá, la que resultó de las decisiones que Ustedes tomaron en 2014, la Cajicá de 2030.

En 2014 solía subir al cerro de La Cumbre a mirar desde lo alto el paisaje cajiqueño. Ya en ese entonces daba para percibir que la enorme masa urbana que era Bogotá avanzaba hacia nosotros. Pero aún teníamos cómo establecer un cinturón verde que sirviera de contención al cemento.

Recuerdo que Ustedes se rieron al oír a una ciudadana pedirles que pensaran en esa posibilidad. Hoy, 16 años después, eso no es más posible. La malla urbana hace que sea imposible decir dónde termina Bogotá y dónde comienzan estos municipios. Cajicá y Chía son un mismo conglomerado de calles y carreras sin fin. Cajicá y Zipaquirá, igualmente se tocan y se confunden.

Ese monstruo urbano, que hoy es llamado la Gran Bogotá, no se puede observar desde los cerros. Estos están ocupados por condominios y por barrios degradados. Es imposible llegar caminando hasta el antiguo mirador. Lo que era Pozo Hondo, sitio sagrado y legado de nuestros ancestros, hoy está tomado de casas. No hay árboles. Estos desaparecieron por los incendios forestales que todos los eneros se volvieron rutina. No hay una sola fuente de agua. Todas desaparecieron bajo camadas de cemento.

Guardias armados y perros entrenados son lo único que circula a pie por aquí. Los carros de lujo y las grandes camionetas de vidrios oscuros penetran cercas que no dejan al transeúnte observar hacia los interiores de las mansiones que se instalaron aquí. La mayoría, esto se sabe, es propiedad de narcos y otros personajes que hicieron fortunas de oscura procedencia, políticos corruptos y empresarios de grande porte.

La palabra vereda no se pronuncia más aquí. No existen las veredas. Existen los barrios. Los niños de hoy no entienden lo que significa la idea de vereda. ¿Vallado? No hay más vallados. Le cuento a mis nietos que por aquí cerca había un vallado y me preguntan: ¿qué es eso, abuelo? Nacieron en una Cajicá sin vallados. Nunca, en su corta vida han visto un sapo, no han escuchado su croar, ni tienen idea de lo que era tener un árbol en el patio. Los pájaros que conocí en mi infancia no habitan aquí. Todo lo que se escucha es el incesante motor de los carros que hoy se disputan cada centímetro de las vías públicas. Sus pitos nos aturden. Mis nietos ven los pájaros en los documentales que transmiten en la televisión, cuando hablan de especies extintas.




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